El examen consiste en defender (o mejor, atajar, evadir, evitar..) las preguntas de tres señores profesores que buscan saber si, más o menos, soy capaz de seguir adelante por mí misma en este maravilloso mundo de la demografía. Una especie de ritual de pasaje, como cuando pasás del jardín a primer grado, de quinto año a la facultad, de vivir con tus viejos a vivir sola, de la cama simple a la cama doble. O casi como parir un hijo, salvo que aquí se trata de dar a luz un niño que pueda sostenerse y caminar solo unos metros desde el primer día, un niño de unos 8 kilos...vaya si pesa mientras dura la espera.
Ayer a la noche, mientras daba vueltas en la cama rodeada de papeles y de resúmenes, pensando en todo lo que no llegué a leer, en todo lo que probablemente iba a olvidar al despertarme, en qué estrategia implementar para no quedarme muda en "ese" momento, intenté recordar cuándo había sido la última vez que había tenido esas cosquillas en el estómago, ese aleteo que empieza a la altura de las costillas y que sube vibrando hasta la garganta y se queda ahí por un rato, y desaparece, hasta que comienza otra vez. Si, hacía bastante que no me pasaba, es que tampoco hay tantas instancias en la vida que nos lleven a ese estado, a ese momento en el que sabemos que algo va a dejar de ser lo que era, que algo va a cambiar y que algo entonces va a morir, para siempre.
Hoy había puesto el despertador a las 8h30, pero obviamente la ansiedad me despertó como dos horas antes. Y entonces tomé mi tiempo para acomodarme, para desayunar. "Qué me pongo ? y bueno, vamos con el pantalón negro que es para los momentos especiales". Y entonces también van las botas largas, y un poco más de color en los cachetes. Y sin mas vueltas me fui, aunque un poco justa sobre la hora, por lo que la última media cuadra terminé corriéndola, como siempre.
LLegué al instituto, en la pantalla de bienvenida figuraba "Examen de Constanza S.", chau, esto es en serio. Todavía tenía tiempo de dar la vuelta y escapar, pero la puerta del ascensor se cerró rápido. Y enfilé para el 7mo piso, preparando alguna excusa por los cinco minutos de retraso. Y llegué a la sala, por suerte todavía estaban preparando el proyector, no iban a ser necesarias las excusas. Tomé entonces tiempo para acomodarme, me di cuenta de que me había olvidado en mi casa la copia impresa del trabajo, que tonta, siempre lo mismo. Pero bueno, ya estaba jugada. Llegaron dos de los tres profesores "un poco nerviosa?,bueno, siempre un poco hace bien" Si, claro, hace bien...Y nos sentamos. A esperar. A esperar a mi director, que a veces tiene también problemas de puntualidad (a veces llega como 10 minutos tarde). Y esperamos.
Y esperamos.
Y seguimos esperando. Porque nunca llegó...mi director me dejó plantada. Lo había agendado para el martes de la semana que viene. Imposible adelantarlo para hoy a la tarde porque hay otro examen, imposible esta semana porque los otros profesores tienen compromisos. Hoy no, mi'jita, hoy no.
Guardé mis cosas y me fui. Salí a escurrirme entre la nieve que ya empezó a derretirse. Y caminé y caminé, tratando de entender por qué mis fechas no se cumplen, por qué no son el día programado, el día que figura en la tarjeta, ese día.
Por que no. Porque mis permutaciones, mis cambios, mis transmutaciones, mis revoluciones no saben lidiar con aplausos, ni con cotillón ni con fiesta. No quieren pantalón negro ni vestido blanco. Llegan mientras me tomo un café con leche, mientras camino por el Viejo Puerto, mirando el rio.
Y entonces a estos tres señores, les repondo, hoy, 4 de marzo, que si, que después de un año y medio llegué. Porque no necesito ese examen para saberlo...
Para agendar la nueva fecha del examen: el 35 de Marzo.
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