Cuando llegué a Montréal (ya hace 7 meses, como pasa el tiempo) entre los múltiples desafíos a encarar el del "invierno" era sin duda, el más temible y desconocido. Recuerdo el 21 de octubre, un domingo como hoy, estaba sentada en esta misma mesa, de este mismo bar (el "Second cup", Mont Royal est, a 4 cuadras de mi casa, en una esquina), y de golpe, plaf, los primeros "flocons" de nieve del otro lado de la ventana, y una exclamación mezcla de admiración y resignación "ya empezó a nevar.... noviembre, diciembre, enero, febrero si tengo suerte, mitad de marzo, osea, va a estar jodida la cosa...". A partir de allí, sin planearlo demasiado, surgieron dos preguntas existenciales: 1) cuánto tiempo iba a durar con la misma cantidad ropa; 2) hasta cuando iba a poder seguir caminando de mi casa al instituto (15 cuadras). Los mensajes entre hemisferios comenzaron a estar dominados por una única temática. De este lado, la información sobre temperatura máxima y mínima de cada día; del otro, la sabiduría y el consejo "che, qué frio, abrigate!!"
Noviembre vino finalmente con lluvia, y la camperita negra se mantuvo estoica en su puesto, aunque las botas importadas comenzaron a patinar un poco. Diciembre llegó con privilegio de verano prestado, y con poca ropa (pero por motivos decentes, aclaro). El retorno al norte me dio la "bienvenue" con promedio de 15 grados bajo cero, sin más concesiones. Y con la nieve, el viento y la escarcha, llegó el ritual: abajo del pantalón, las medias de lanita (varios pares, a no asustarse); arriba, remera de manga larga y sweater (costumbre antigua, sin sorpresas); y en las extremidades -acá si, las grandes innovaciones-: la campera con "capucha de borde de simil-piel", la tríada "guantes-gorro-bufanda", y los borseguies, que inevitablemente debía sacarme al entrar a cualquier lugar, mezcla de tradición japonesa con nieve derretida.
Noviembre vino finalmente con lluvia, y la camperita negra se mantuvo estoica en su puesto, aunque las botas importadas comenzaron a patinar un poco. Diciembre llegó con privilegio de verano prestado, y con poca ropa (pero por motivos decentes, aclaro). El retorno al norte me dio la "bienvenue" con promedio de 15 grados bajo cero, sin más concesiones. Y con la nieve, el viento y la escarcha, llegó el ritual: abajo del pantalón, las medias de lanita (varios pares, a no asustarse); arriba, remera de manga larga y sweater (costumbre antigua, sin sorpresas); y en las extremidades -acá si, las grandes innovaciones-: la campera con "capucha de borde de simil-piel", la tríada "guantes-gorro-bufanda", y los borseguies, que inevitablemente debía sacarme al entrar a cualquier lugar, mezcla de tradición japonesa con nieve derretida.
Medias-bufanda-gorro-guante, amada y necesaria secuencia. Y aunque no lograron evitar que la nariz goteara, que las nalgas desaparecieran, (aunque en mi caso esto fue fácil, no había mucho que transmutar), que la boca se petrificara, que los cachetes se enrojecieran y que las manos se transformaran en finas lijas...los voy a extranar. Ellos a mí...creo que no!!
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