miércoles, 11 de abril de 2007

la calle, divino tesoro (parte 2)

Hasta que un dia te toca, porque hay días de la vida que están hechos para encontrar: llegás a la estación de subte justo cuando llega el tren; la máquina expendedora tiene la barra de cereal que más te gusta; tu jefe te pide que le entregues el informe que terminaste hace exactamente una hora; el videoclub tiene el capítulo 2 de la primera temporada de "Grey's Anatomy" (la semana anterior alquilaste el capítulo 1); el nombre de él coincide con el de la persona que acaba de tocar el timbre de tu casa; llegás al bar y la mesa junto a la ventana está libre; tu hijo te dice que la polenta con queso es su plato preferido...Si, hay días en que no se puede pedir más, hay días en que hay que pellizcarse y ni qué decir cuando varias de estas cosas suceden simultáneamente...eso ya es exuberante, y cuando nos toca, sabemos que hay que disfrutarlo porque probablemente nunca más se vuelva a repetir (en esta vida).

Ese día salí un poco apurada, como siempre. Pero a pesar de eso, y de la lluvia, decidí ir caminando. A las pocas cuadras empecé a replantearme la convenciencia de tal decisión, con la seguridad de que el trayecto elegido iba a conducirme al arrepentimiento. Pero una cuadra antes de llegar, y cuando los zapatos empezaban a transformarse en canoas, sucedió lo inesperado: cientos de libros esparcidos sobre la vereda, frente a la librería que está a la vuelta del instituto. Me acerqué a las dos personas estaban revolviendo los libros, ya mojados por la lluvia. La librería estaba cerrada, no parecía una exposición para la venta. Empecé a sospechar que se trataba de eso, pero por las dudas pregunté a una de las personas: "estos libros están abandonados?". Y la respuesta fue "Si, la librería cerró y dejaron todo para que alguien se lo lleve". Y entonces ahí lo supe: eran objetos encontrados en la calle, eran libros, eran para mí, ese era "mi" día.

Claro, cuando a uno le dicen que algo no tiene dueño, la primera reacción es la de querer apropiárselo sin importar de qué se trata, una extraña forma de satisfacción. Pero un segundo después, nos damos cuenta de que resulta más lógico poner en juego algún proceso de selección, finalmente, este sistema nos ha enseñado desde chiquitos que las cosas tienen valor y que no son todas iguales. De ahí en más el desafío consiste en encontrar el objeto más valioso y en descubrirlo antes que los otros...en cinco minutos, uno se encuentra en medio de una competencia, anónima, en plena calle, bajo la lluvia.

Pero, para que no se alarmen, mejor aclaro que no sacamos ni pistolas ni cuchillos. Pacíficamente, cada uno a su turno, procedió a revisar una a una la pila de libros que se iba desarmando entre las manos: Primero una chica, después un señor y minutos más tarde, tres simpáticos cirujas, interesados principalmente en encontrar la forma de llevarse todas las estanterías (esa noche, cuando pasé de nuevo por ahí para ir a mi casa, uno de ellos seguía de guardia!)

Como podrán imaginar, empecé a revisar los libros tímidamente, sabiendo que en realidad eran los libros desechados por los que habían llegado antes que yo (y aunque no creo en la hipótesis de que el valor de lo hallado es inversamente propocional a la edad), la esperanza de encontrar algo interesante se iba esfumando en cada tapa. Pero en este caso, el verdadero obstáculo era otro: títulos en otro idioma, autores desconocidos, cómo elegir sin ningún criterio? cómo descubrir el tesoro oculto? o mejor dicho, qué emoción podía darme encontrar cosas que no tenían ningún significado?

Pero, como en la vida...al final siempre hay algo destinado para nosotros, en el tiempo y lugar menos pensado. Abajo, en el último estante, a la derecha (y todavía protegido del agua), un libro de Unamuno, escritor español. Sin poder evitar la emoción por la sorpresa, leí el título. Se llamaba: "En torno al casticismo".

Entonces decidí que la próxima vez que llueva voy a tomar el subte.

Pero me quedó pendiente otra pregunta: A quién estarían destinados los libros en alemán? Menos mal que no lo entiendo!

1 comentario:

Cécile dijo...

Coooonnie.....ya me tendría que poner a cocinar pero no puedo parar de leer. Desde que estabamos en el colegio me acuerdo que escribías bárbaro. La verdad, muy interesantes y graciosas todas tus historias!! Un beso grande. Cécile